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La Historia de Sahmad

La Historia de Sahmad es una serie en línea publicada en BIONICLEstory.com del 2010 al 2011.

Capítulo 1 Editar

Mi nombre es Sahmad. Puede ser un nombre que hayas oído alrededor de las fogatas de los Agori o susurrado por los Glatorian mientras montan guardia. Es un nombre dicho con respeto, y con miedo, y así es como debería ser. La historia te dirá que soy un monstruo, un esclavista, alguien que se gana la vida capturando a mis compañeros Agori y vendiéndolos a los Skrall. Sería un tonto en mentir y fingir que no hice esas cosas; por supuesto que las hice. Pero hay más en la historia que eso, y hay una cosa que siempre debes recordar sobre la historia: los ganadores escriben todos los libros..

Soy un miembro de la Tribu Hierro, no lo podrías deducir por el color de mi armadura, eso es intencional. Mostrarte como parte de esa tribu era probablemente, o aún lo es, una invitación a ser excluido, atacado, o incluso apedreado. No somos bienvenidos en los pequeños pueblos amigables de los otros Agori, lo suficientemente buenos para compartir su comida y bebida, o lo suficientemente limpios como para intercambiar. Somos criaturas de las historias nocturnas contadas a los nuevos guardias. "Más vale que estés atento o algún Agori de Hierro te atrapara."

No siempre fue así, por supuesto. Hace mucho, mucho tiempo, mucho antes de la Guerra del NúcleoEl Destrozamiento, mi tribu vivía en las montañas de Bota Magna y trabajaba en las minas. Enviábamos el hierro que sacábamos de la roca a la Tribu Fuego para ser forjado, y a cambio ellos nos proveían con herramientas y armas terminadas. Éramos brutos y toscos, pero nos sentíamos honrados por nuestro trabajo duro y ser tratados como cualquier otro Agori. Los miembros de la Tribu Hierro vivieron una vida llena de trabajo duro y honesto, y no pedían nada más. Fuera de algunos problemas con nuestros vecinos en las montañas, los Skrall, no teníamos ningún conflicto con nadie.

Cuando llegó el final, llegó rápido y silencioso, como una daga enterrada en la espalda. Unos mineros que trabajaban en las afueras de nuestra tierra comenzaron a actuar extraño. Se encontraban distraídos, peleadores, y con el paso de los días empeoraron. Cuando se les preguntaba si se sentían enfermos, decían que no. Lo único extraño que podían reportar era que sus sueños habían sido perturbados, porque habían dejado de soñar. La mayoría de nosotros reímos. Después de todo, lo que importaba era la fuerza de nuestras espaldas mientras tallábamos metal de la roca y la cargabamos a la superficie. ¿Qué importaba si nuestros sueños eran sólo eso: sueños, empañados de ilusiones y fantasías?. Y si no puedes soñar, entonces no tienes que preocuparte acerca de las pesadillas, ¿cierto? Error. Si no puedes soñar, tu vida despierto se convierte en una pesadilla.

Los mineros afectados pasaron de irritables a violentos en poco tiempo, y de violentos a locos. Los sueños, al parecer, son necesarios para liberar las malas energías que se acumulan en todos nosotros. Sin ellos, la mente se rasga con el tiempo. Peor aún, lo que ahora vimos como una plaga se estaba extendiendo. Más y más de mi tribu perdieron la capacidad de soñar. Aquellos cuya condición llegaba muy lejos a lo largo morían de locura. Aquellos que fueron infectados más recientemente fueron atrapados por el horror y la desesperación, sabiendo del destino que les esperaba.

Algunos de nosotros parecíamos inmunes: yo, Telluris, un puñado de otros. Naturalmente nuestros vecinos estaban curiosos acerca de por qué todavía podíamos soñar. Ninguno de nosotros sabía la respuesta. Eso no impidió que otros de nuestra tribu hablaran sobre tratar de averiguarlo, aunque significara nuestras muertes. Nos unimos y nos escondimos en una cueva, listos para defendernos de los locos Agori que solían ser nuestros amigos.

A medida que las cosas empeoraban, el líder de nuestra aldea solicito ayuda a otras tribus. Los Skrall sólo se rieron. Las otras tribus ni siquiera le permitieron cruzar las fronteras a sus tierras. Nadie quería el poco hierro que todavía desenterrábamos, creyendo que de alguna manera podía llevar la enfermedad. Todo el comercio se detuvo.

Cuando uno de los aún sanos Agori trató de unirse a otra tribu, fue ahuyentado al bosque y asesinado por una de las bestias de allí. En lo que a nosotros respecta, él también pudo haber sido asesinado por los Agori que lo rechazaron. Ser un miembro de la Tribu Hierro ahora llevaba una sentencia de muerte. Si la plaga no te reclamaba, tus una vez socios comerciales lo harían.

A Telluris se le ocurrió la idea de usar minerales para cambiar el color de nuestras armaduras y cascos con la esperanza de pasar como miembros de una tribu desconocida y encontrar santuario. Fue una idea estúpida, pero la seguí. No necesito decir lo bien que funcionó. Sin embargo, sobrevivimos. Vimos a nuestra tribu morir uno a uno hasta que quedaban muy pocos en cualquier condición para amenazarnos. Hicimos nuestra escape, pero no había a dónde ir. Añádase a eso, que ninguno de nosotros estaba seguro si uno de los otros podía ser un portador de la plaga, y se puedes ver por qué elegimos seguir caminos separados.

Me dirigí hacia el sur, sin saber que Telluris también. Vivía de lo que podía hurgar o robar. Vi estallar la Guerra del Núcleo y vi a los Agori morir por armas hechas con el hierro que mi pueblo había minado, y reí. Cuando ocurrió El Destrozamiento, me encontraba en Bara Magna. Encontré un carro y adquirí la lealtad de un Spikit de la única manera posible — alimentándolo. No sabía lo que el futuro tenía reservado para mí, pero tenía transporte y tenía odio. Encontraría una manera de casarme con los dos y obtener mi venganza.

Telluris tomó un camino diferente. Comenzó a robar en el desierto en una máquina de guerra basada en el Skopio, actuando como si aplastar una caravana o dos de alguna manera hiciera una diferencia.

Yo hice otros planes. Yo convertiría a los Agori de las tribus en mercancías. Los vendería a los Skrall y los dejaría deseando haber muerto por la plaga junto con mis amigos.

Mucho ha cambiado en los últimos días. Los Skrall han sido expulsados de Roxtus, dos hombres gigantes de metal están luchando en los cielos por razones que no puedo imaginar. No tengo ninguna duda de que el fin del mundo está sobre nosotros, pero antes de que eso suceda tengo una tarea que quiero realizar. En algún lugar, alguien sabe lo que le pasó a mi gente. Saben si la plaga fue un accidente o un ataque, un error o experimento. Antes de que Bara Magna se desmorone, voy a encontrar esas respuestas. Y si alguien causó este destino a mi tribu, entonces espero que en algún lugar estén soñando conmigo, y despertando gritando.

Capítulo 2 Editar

Me gusta dormir. Me gusta dormir porque me gusta soñar. Soñar me recuerda que todavía estoy vivo.

Anoche soñé que estaba en el pueblo de Hierro, trabajando en el frío y la humedad de las minas. El aire estaba lleno con el rítmico ching-ching de picotas golpeando la piedra. Spherus Magna fue generoso ese día y salimos de la oscuridad con cargas de hierro. Me paré sobre un cerro y vi a los Agori de Roca en la distancia que corriendo de un lado a otro como escarabajos araña. Entonces se detuvieron y se voltearon como uno para mirar a nuestra aldea. Me volteé para ver lo que podían estar viendo, y fue entonces cuando vi al primer Agori de Hierro desaparecer. En un momento estaba descargando el carro de mineral, y al siguiente había desaparecido. En los siguientes momentos, más desaparecieron, y luego más. Sabía que algo terrible estaba sucediendo. Tenía que detenerlo.

Corrí por el pueblo en busca de la mujer que amaba. Cuando la encontré, la tomé en mis brazos y la abracé fuertemente, y un instante después, mis brazos sólo tenían aire vacío.

Ayuda. Necesitábamos ayuda. Corrí por la montaña hacia los Agori de Roca, grité a ellos por ayuda, pero ninguno prestó atención. Grité, supliqué, sin resultado. Me moví para golpear a uno de los aldeanos apenas para conseguir su atención. Y luego miré hacia abajo y no vi nada. Yo había desaparecido.

Me desperté sudado. Había acampado no muy lejos del Río Skrall. Me quité la armadura y me arrodillé en la orilla, tratando de lavar mi pesadilla. A la luz de la luna, podía ver algo gigantesco en la distancia. Cuando eché un mejor vistazo, vi que era el vehículo Skopio que Telluris había construido, ahora tirado en la arena como el cadáver de un animal muerto. Su dueño estaba agachado junto a él. Uní al Spikit a mi carreta y cabalgué hacia Telluris. Parecía estar de luto.

"¿Que pasó?", pregunté.

"Lo arruinaron", contestó el miembro de mi tribu. "Los Glatorian, lo sabotearon, ya no funcionará".

Siempre pensé que el Skopio era un desperdicio de tiempo y materiales. No importa cuán grande sea tu arma, algún otro puede construir una más grande. No conquistas a tus enemigos con algo que puedan ver a diez millas de distancia. Lo haces arrastrándose en su interior como la larva de un gusano espinoso, haciéndote parte de su sociedad, y luego borrándolos desde adentro. El Skopio era la muleta de Telluris, su manera de lanzar una furia armada y blindada contra el mundo.

"¿No puedes arreglarlo?", le pregunté.

Sacudió la cabeza. "No tengo las piezas."

Lo miré. En un par de días, tal vez, pensaría en dejar de extrañar su máquina y salir a tomar sol. Para ese entonces ya no estaría en condiciones de servirle a nadie. Pero inestable como era, él seguía siendo de la Tribu Hierro, uno de los pocos que quedaban, así que se lo debía.

"Tal vez podamos encontrar lo que necesitas", le ofrecí. "Voy al norte, ven conmigo."

Telluris me miró y luego señaló al Skopio muerto. "No puedo dejarlo."

"No va a ir a ninguna parte", le respondí. "Y cuando volvamos, lo reconstruiremos, más grande y mejor que antes."

Telluris se levantó y subió a la carreta. Tiré de las riendas y el Spikit empezó a avanzar hacia el norte. No sabía exactamente hacia dónde íbamos, pero tenía una idea. Si la muerte de los miembros de mi tribu no fue un accidente, entonces fue una masacre. Y si era una masacre, alguien tenía que beneficiarse de ella. Quienquiera que fueran, iba a hacerlos pagar por cada Agori de Hierro muerto. No pude volver a la escena del crimen porque Bota Magna se había separado hace cien mil años, y no iba a volver. Todo lo que podía hacer era ir hacia el norte y esperar aprender algo, preferiblemente antes de que los dos robots que se golpeaban por encima destrozaran lo que quedaba de Bara Magna.

Habíamos estado viajando durante unas horas cuando el Spikit se levantó repentinamente, ambas de sus cabezas arqueadas en pánico. Telluris saltó del carro. Señaló algo, gritó, pero yo ya lo había visto. Una larga serpiente gris se enroscaba en la arena delante, una serpiente de ojos azules, y había locura en esos ojos.

"¡Mátalo!", dije a Telluris.

El miembro de mi tribu tomó una espada del carro y avanzó cautelosamente hacia la serpiente. Era una especie de víbora, venenosa hasta el extremo, y no servía mantenerla viva. Muerta, al menos sería la cena. Telluris levantó el arma y estaba a punto de matarla cuando la serpiente se levantó, como si fuera a atacar, pero en vez de atacar, habló.

"Adelante", dijo, "Mátame, no puedo soportar más."

Telluris me miró para ver si se había vuelto loco. Asentí con la cabeza para hacerle saber que la escuché también. Me acordé de un cuento salvaje que había oído de unos pocos Agori de Roca. Estaban huyendo de Roxtus después de perder una batalla contra los otros pueblos, y afirmaron que un Agori de Hielo llamado Metus se había convertido en una serpiente. Sonaba como si hubieran comido demasiadas Thornax podridas, pero ahora... Bueno, había un montón de cosas extrañas en el desierto de Bara Magna, pero serpientes parlantes no era una de ellas.

"¿Tú eres... Metus?", le pregunté a la serpiente.

Siseó en respuesta.

"Dijeron que estabas jurando venganza por lo que te pasó", dije. "Te rendiste, ¿verdad?"

"Todavía quiero venganza", respondió Metus. "Ser convertido en este monstruo no me detendrá, ser convertido en un insecto no me detendrá, aún así encontraría una forma si no fuera por...", se detuvo.

Esperé. Cuando no continuó, dije: "¿si no fuera por qué?"

La serpiente se arrastro por la arena y me miró suplicando con sus ojos azules. "He dejado de soñar," susurró.

De repente, el desierto parecía estar volviéndose muy tranquilo y silencioso, y todo lo que podía oír era mi propia voz diciendo "Está empezando de nuevo."

Capítulo 3 Editar

Estaba de pie en las arenas del desierto, teniendo una conversación con una serpiente parlante. La parte triste es, que ese era el punto brillante de cordura en mi día. Y justo en medio de nuestra charla, el mundo se acabó. Al menos, eso fue lo que sentí yo.

Primero, la sombra pasó sobre nosotros; Telluris comenzó a balbucear que la luna caía del cielo; Metus enterró la cabeza bajo la arena. Miré hacia arriba para ver un enorme cuerpo celeste pasando por sobre nuestras cabezas, uno de sus fragmentos se estrelló contra la cabeza de uno de los dos robots gigantes. El robot cayó, y el impacto hizo que me cayera. No hice ningún esfuerzo en levantarme. Si el mundo estaba llegando a su fin, también podía enfrentarlo acostado. El segundo impacto fue, sorprendentemente, no tan severo.

Después de unos instantes, cuando ya no había más robots cayendo ni lunas volando por el cielo, levanté la cabeza. Telluris estaba diciendo que Spherus Magna era uno otra vez. Parecía entusiasmado por eso. No me uní a su celebración. Podrías preguntarte por qué no me alegré mucho de tener nuevamente los tres segmentos de mi planeta una vez más. Cualquiera que haya estado en Bara Magna puede decirte, que hace mucho frío en el desierto. Me volví muy frío hace más de cien mil años, y ahora en todo lo que puedo pensar es que si los seres que desataron la plaga del sueño sobre mi gente estaban en Bota Magna, ahora estaban nuevamente a mi alcance.

Me puse de pie y quité la arena de mi armadura. Era hora de irse. "Vamos", dije a mis dos aliados.

Telluris no estaba escuchando. Todavía estaba atrapado en el milagroso regreso de Aqua Magna y Bota Magna, pero es por eso que tengo el látigo.

"Ya saben lo que viene después," dije a mis dos compañeros. "Después de que la celebración haya terminado, los Agori querrán limpiar el desorden. Cualquier ser que no encaje en su estructura social bien ordenada y pequeña será empujado a un lado o pisoteado. No planeo ser ninguno de los dos."

Metus parecía inseguro sobre qué hacer. Había dejado de soñar desde hace algún tiempo. La enfermedad lo tenía. Dentro de semanas, quizás días, él sería un loco delirante, pero antes de eso lo necesitaba. Cuando empezó a arrastrarse hacia donde estaban los Agori y Glatorian, llevé puse mi pie blindado sobre su cuerpo y lo aprete en la arena.

"Piénsalo," le dije. "He oído todo sobre ti. ¿Crees que te van a dar la bienvenida? Eres una vergüenza para ellos en el mejor de los casos. Te dejaron ir con vida la última vez. Vuelve a mostrar tu cara y harán un par de botas de ti."

"¿Qué quieres de mí?", la serpiente, que había sido una vez Agori, me preguntó.

"Quiero conocer todos los lugares en los que has estado desde que te fuiste de Roxtus y todo lo que has hecho. Quiero volver sobre cada pulgada sobre la que te has arrastrado. En algún lugar de esa ruta hay una pista de lo que te pasó a ti y a mi gente, y la vamos a encontrar."

Inmediatamente después de la batalla en Roxtus, Metus se había dirigido al norte hacia las montañas. Algunas de esas montañas habían desaparecido, reducidas a guijarros por la batalla entre los dos robots. Pero él dijo que no fue hasta que él hubiera pasado a través de ellas que sus sueños cesaron, así que quizá lo que fuera que estaba buscando se encontraba más allá.

Nos mostró dónde había acampado, cerca de un charco. ¿Había bebido de el? No. ¿Qué había comido? "Roedores", dijo.

"¿Sabían extraños de alguna forma?", pregunté.

"¡Eran ratas!", gritó Metus. "¡Por supuesto que sabían extraño!"

"Debe haber algo aquí", dije, mirando alrededor, "algo que te infectó." "Puede que no sea algo físico", dijo Telluris. "Quizá sea una... maldición o algo. De todos modos, nadie de nuestra tribu había viajado tan lejos del pueblo, así que ¿cómo puede ser este el lugar la causa?."

"Tal vez lo que sea que causó la plaga se trasladó después de que su trabajo estaba hecho", respondí. "O tal vez..."

Me detuve. Había visto algo no muy lejos, en su mayoría escondido bajo las plantas que habían crecido. Era una cicatriz en la tierra en forma de un triángulo áspero, quizá de tres pies de ancho en su base. Me agaché para ver si había ahí un agujero, pero no se veía nada, sólo un patrón tallado en la tierra y la roca.

"Miren a su alrededor", dije a los otros. "Vean si pueden encontrar otra marca como esta."

Buscamos durante una hora. No había ningún indicio de ningún otro triángulo en el suelo, ni ninguna señal de quién o qué pudo haber hecho este. ¿Era una huella? ¿La pista dejada por un dispositivo mecánico? ¿O algún fenómeno natural que simplemente no había visto antes?

Regrese para preguntarle a Telluris su opinión, ya que había visto mucho en sus viajes en el Skopio, pero se había ido. Metus insistió en que no había visto a dónde se había ido.

Seguí las huellas de mi compañero de tribu en la suave tierra hasta que se detuvieron en medio de un terreno abierto. La tierra había sido movida aquí, como si algo la hubiera barrido. Oí un sonido suave detrás de mí. Me volteé para ver un empalagoso tentáculo rojo cubierto de espinas que se deslizaba desde debajo de la tierra. Antes de que pudiera hablar, se envolvió alrededor de Metus y lo arrastró bajo tierra. No sabía si reír o gritar mientras un segundo tentáculo brevemente apareció para barrer la tierra de nuevo en un patrón normal antes de que, también, desapareció bajo tierra.

Dirigí mi Lanzador Thornax al lugar y disparé. Hizo un agujero en el suelo, lanzando una lluvia de tierra y roca al aire. Cuando el polvo se había disipado, no vi ningún rastro de mis dos aliados, o a su atacante. Lo que sea que se los había llevado había desaparecido.

Estaba furioso, frustrado, bloqueado a cada paso. Justo cuando había encontrado el primer signo de una respuesta, podía serme arrebatada. En cualquier momento, los tentáculos podían regresar. No tenía manera de llegar a Telluris o Metus, y no había esperanza de sobrevivir si me quedaba. Pero si me iba... Si me iba, quizás nunca resolvería el misterio que me atormentaba. Mi gente se habría ido sin venganza.

Me pare justo en el lugar donde Metus había desaparecido. "¡Ven entonces!", grité. "¡Atácame, arrástrame abajo! Pero antes de morir, criatura, conoceré tu verdad"

Todavía estaba allÍ cuando tres tentáculos surgieron ciegamente de la tierra y se envolvieron alrededor de mí. Ni siquiera había tiempo para gritar cuando el cielo sobre mí fue reemplazado por tierra y arcilla, ya que fui arrancado del reino de la luz y arrastrado a un mundo de sombras.

Capítulo 4 Editar

Estaba muerto. Tres grotescos tentáculos habían salido del suelo, se habían envuelto alrededor de mí y me arrastraron a mi muerte. Esa era la única explicación, porque si no estuviera muerto, entonces estaba loco, y preferiría mucho más la extinción a la locura.

Si has estado siguiendo esta crónica hasta ahora, sabes que yo, Telluris, y un inteligente Agori convertido en serpiente llamada Metus habíamos estado buscando la causa de la Plaga del Sueño que había aniquilado a la Tribu Hierro hace años. Nuestra investigación no había ido bien, considerando que evidentemente terminamos siendo comida para un monstruo. Pero el mundo más allá de la muerte no era en absoluto lo que esperaba.

Estaba acostado en una camilla en una habitación grande. Había quizás tres docenas de otras camillas, la mitad de ellas llenas de Agori heridos o enfermos. De vez en cuando una Agori de Agua entraba caminando, trayendo comida y bebida a mis compañeros. Cuando notó que mis ojos estaban abiertos, dejó caer su bandeja y corrió hacia mí.

"¡Sahmad, estás despierto!", dijo sonriendo.

Los Agori no me sonríen. Se burlan, sí. Me maldicen, ciertamente. Incluso me escupen en ocasiones. Pero sonreírme, nunca.

De ahí mi creencia de que si no estaba muerto, estaba en un asilo de algún tipo.

Intenté sentarme. Mi cuerpo se negó a cooperar.

"¿Dónde estoy?", pregunté.

"La cámara de sanación", respondió ella. "Pensábamos que nunca despertarías."

"Déjame reformular mi pregunta", dije. "¿Dónde estoy?"

"¿Dónde?", una luz se iluminó en sus ojos: "Oh, por supuesto que no lo sabrías, esta es la ciudad de Nueva Atero en Bota Magna. Te encontraron en el norte de Bara Magna y te cuidaron tan bien como pudieron allí hasta que las cosas estuvieron listas aquí."

Sí, estaba loca. No había un Nuevo Atero, ciertamente no en Bota Magna. Y si me encontraron, habrían encontrado a mis dos compañeros, pero no vi a ninguno de ellos aquí.

"Telluris, Metus, viajaban conmigo, ¿dónde están?"

Mi nueva amiga loca parecía incómoda. "Nunca encontramos a Telluris, Metus sobrevivió durante unos meses, incluso usaron la máscara para convertirlo otra vez en un Agori, pero no lo ayudó. Lo siento." "Me sorprende que te importe", le dije. "Nosotros tres no eramos exactamente populares entre la mayoría de los Agori."

"Eso fue hace mucho tiempo."

Reconocí esa voz. Era un poco más vieja, un poco más áspera, pero pertenecía a Kiina, la Glatorian de Agua. Efectivamente, allí estaba ella, su armadura de batalla más marcada y su brazo izquierdo colgando inútil a su lado.

"¿En serio?", dije. "No creía que hubiera un límite de tiempo en el odio."

"Un gran cambio después de la caída de los Skrall", respondió Kiina. "Te has perdido todo, has estado dormido durante 750 años, Sahmad."

Hubo un momento entonces, sólo un momento, de pensamiento, que me sentí desconcertado. Quiero decir, podía haber sido cierto. El monstruo podía habernos masticado y habernos escupirnos. Alguien pudo haber encontrado a Metus y a mí y mantenido con vida. Todos los Agori y Glatorian podían estar viviendo como hermanos y hermanas en una hermosa ciudad nueva, listos para recibir incluso a los supervivientes de la Tribu Hierro en sus brazos.

Y la fruta Thornax sabía como la carne hervida de los Skopio, y los Grandes Seres podían estar repartiendo cestas de regalo de implantes, pero yo no estaba preparado para creer en eso tampoco.

Me levanté de la camilla, ignorando las protestas de mi cuerpo. La Agori me dio un palo que podía usar para sostenerme. Trató de convencerme de no dejar la cámara. Le dije que tenía lugares a donde ir.

Afuera, la ciudad estaba tan ocupada como un nido de arañas de las dunas. Agori y Glatorian corrían aquí y allá, interactuando con otros seres, grandes y pequeños. Los extraños eran más parecidos a máquinas. Sin embargo, al mismo tiempo, sus movimientos eran demasiado fluidos y agraciados para ser puramente mecánicos.

Mi primer pensamiento fue que serían buenos esclavos. Supongo que los viejos hábitos tardan en morir. Todo parecía, sonaba y se sentía real, pero sabía que no lo era. Si no me hubiera dado cuenta antes, sabría que la Kiina que vi tampoco era real. No importa cuanto tiempo hubiera pasado. Ella nunca aparecería al lado de mi cama, a menos que sea para apuñalarme. Y 750 años no habrían sido suficientes para borrar más de 100 milenios de sospecha, miedo y disgusto. Alguien quería que yo pensara que este era un mundo nuevo. Pero en mi corazón, sabía que era el mismo. Peor aún. Antes había alguien contra quién pelear. ¿Con quién peleas cuando el enemigo esta determinado a permanecer oculto?

Mientras miraba a mi alrededor, todos trabajaban juntos por un bien mayor, yo seguía pensando: ¿De quién era este sueño? Ciertamente no era mío. Mi gente estaba muerta, no podían disfrutar de toda esta paz y sentimientos buenos, y si no podían beneficiarse de ellos, yo tampoco lo quería. Yo habría preferido ver a Nueva Atero seguir el camino de la vieja Atero.

Estaba meditando formas de hacer que eso ocurriera cuando vi un destello de armadura familiar. El metal llevaba los colores de la Tribu Hierro de los últimos días, después de la plaga. Bien, lo admito, ahora estaba intrigado. ¿Se supone que esto era algún superviviente que hizo su camino a la ciudad y encontró aceptación? Si hubiera uno en esta fantasía, ¿podrían haber más? Me preguntaba: ¿y si había un grano de verdad en todo esto? ¿Qué pasaría si algún miembro de la Tribu Hierro que apareciera en esta ilusión realmente estaba vivo en alguna parte? ¿Fue ese el punto de esto, señalarme la dirección de otros supervivientes?

Comencé a correr, empujando a mi camino más allá de los Agori y sus ayudantes mecánicos. Doblé la esquina y terminé en medio de un mercado. Las mesas estaban llenas de armaduras, comida, tela, piezas de arte. Vi mi cantera en el otro extremo de la plaza, convertida en una calle lateral. Seguí moviéndome, golpeando las vitrinas y provocando exclamaciones enojadas por todas partes. Ackar, un Glatorian de Fuego, intentó detenerme, pero él era demasiado viejo y demasiado lento.

Gire en la esquina a toda velocidad y resbalé hasta detenerme en la suave tierra. Una miembro de la Tribu Hierro estaba parado en el centro de la calle, apuntando con un Lanzador Thornax directo a mi cabeza. Pero esta no era cualquiera de mis hermanos. Esta era la mujer que amé, que murió por la plaga del sueño hace más de cien mil años. Comencé a decir su nombre. Ella disparó su arma. El Thornax aceleró hacia mí. Sentí un impacto contra mi casco, vi un destello de luz, oí el ruido sordo de una explosión, y entonces estaba muerto. De nuevo.

La oscuridad se convirtió en luz. Estaba de vuelta en la cámara de sanación. Esta vez, no había una Agori de Agua, ni Kiina, ni Agori de otras tribus en camillas. Todo lo que vi fue Agori de Hierro. El encargado se detuvo a mirarme. Los pacientes se sentaron en sus camas y todos hablaron de inmediato con la misma voz.

"Pensábamos que ibas a ser más fuerte, Sahmad, pero eres tan débil como Telluris, Metus y el resto. Pero aún así podemos tener algo de consuelo. Las almas débiles saben muy bien, después de todo."

Capítulo 5 Editar

Hay días en los que sientes que todas las armas del mundo están cargadas y apuntando hacia ti. Hay días en que sabes que incluso tu mejor amigo, si tienes uno, te estaría señalando a un Skopio como una posible comida

Estaba teniendo uno de esos días. Déjame explicarme.

Yo estaba sentado en una tienda de curación ilusoria frente a un grupo de Agori que no estaban realmente allí, pero todos estaban hablando en la misma voz. Y no estaban enviando saludos reconfortantes, estaban hablando de... bueno, sólo digamos que eran buenos en hacer amenazas y dejémoslo en eso. ¿Tenía miedo? Por supuesto. Pero, así como puedes tomar una fruta Thornax y convertirla en un arma, puedes tener miedo y convertirlo en ira. El miedo es una roca en la que puedes esconderte. La ira es una roca que puedes tirar a alguien más.

"¿Vas a mostrarte?", le pregunté a mi anfitrión invisible, "¿O simplemente seguirás hablando a través de tus Agori fabricados?"

Risa llenó la habitación. Sonaba como si cristal se rompiera y luego se enterrara en polvo.

"¿Crees que los seres que estás viendo son producto de mi imaginación?", preguntó mi captor. "Entonces mira de nuevo."

Los Agori estaban brillando, desvaneciéndose, y en su lugar estaban las Hermanas de los Skrall, tal vez una docena. Empecé a lamentar mi pregunta. Sabía lo que las Hermanas podían hacerle a tu cerebro. Pero hay un viejo refrán, "No consigues atravesar el Río Skrall si sólo metes un dedo del pie."

"¿Así que las Hermanas trabajan para ti? ¿Son responsables de lo que le pasó a los Agori de Hierro de la plaga del sueño?"

Hubo otra vez esa risa. Estaba empezando a odiar ese sonido. "Las Hermanas son unas pequeñas tontas", fue su respuesta. "Ellas realmente creen que un Gran Ser les otorgó poder, fui yo quién las doto de los poderes psiónicos que ellas poseen, pensé que sería divertido verlas destruir a los machos de su especie. Pero, al igual que ustedes, eran demasiado débiles, y se dejaron expulsar. No tenían la voluntad de conquistar, y ahora no tienen voluntad alguna.

"¡¿Y fue eso lo que fue la plaga, sólo otro de tus experimentos?!", pregunté.

Las bocas de cada Hermana se abrieron, y la misma respuesta vino de todas ellas. "¿Experimento? Oh, no. Eso fue el almuerzo."

Las Hermanas de los Skrall cayeron al suelo entonces, como si sus piernas repentinamente no las sostuvieran. Un punto de luz apareció cerca de la pared del muro del fondo y rápidamente se hizo más y más grande. Mi anfitrión estaba haciendo su aparición. Estaba a punto de enfrentar al ser que aniquiló a mi tribu.

Imagínate estar mirando directamente al sol, y los rayos rojizos quemando en tus ojos, tomando la forma de cosas demasiado horribles para describirlo. Incluso cuando cierras los ojos, miras hacia otro lado, no hace diferencia. Sabes que has visto algo que nunca podrás borrar de tu memoria. ¿Serías afortunado si permaneces cuerdo, o sería ésa la peor suerte posible?

"Tenía hambre," dijo una voz desde el centro de la esfera de luz. "Y cuando tengo hambre, me alimento. Los sueños de tu gente fueron un aperitivo muy satisfactorio. Suficiente para que no necesitara alimento nuevamente durante muchos años... Por supuesto, una vez que terminé, a tu gente ya no le quedaban sueños. Pero ellos, como los sueños en sí mismos, difícilmente serían extrañados."

Necesitaba un arma. Necesitaba algo para apagar a este sol malévolo que todavía se estaba expandiendo. Llenaba la habitación con luz, pero no de calor. Sólo un frío congela huesos que hacía que la noche del desierto pareciera tropical. Pero yo no tenía un arma. La ira, el desafío, la terquedad, la voluntad de morir para vengar a mi pueblo, esos los tenía en abundancia. Tendrían que servir.

"Buen espectáculo de luces", le dije. "Bastante extravagante para algo que los Grandes Seres hicieron y tiraron. Eso es lo que eres, ¿no es así, otro de sus proyectos que salió mal?"

La luz se encendió más brillante. Tentáculos carmesí salieron de la esfera brillante. Apenas pude evitar su agarre.

"Yo existía antes de que nacieran tus Grandes Seres," dijo la criatura. "Sentí su llegada y me pregunté si podían representar alguna amenaza para mí. Incluso traté de tocarlos con la locura, pero sus mentes eran demasiado... extrañas. Sus mentes se alimentaron de la mía. Me quitaron los sueños y esa energía los inspiró a más y más grandes hazañas de creación, y me vi forzado a esconderme en las profundidades de Spherus Magna".

Ocultarme y esperar, pensé. Y mientras esperaba, me dio hambre. Y los Agori pagaron el precio.

Oí ruidos detrás de mí. Miré hacia arriba y vi a Metus y a Telluris corriendo. ¿Eran ellos? La última vez que vi a Metus, él era una serpiente. Ahora caminaba en dos patas, como cualquier otro Agori, y no había nada serpentino en él.

"Sueños", dijo la criatura, cuyo brillo llenaba ahora la habitación. "¿Es una serpiente, que sueña que es un Agori, o un Agori que sueña que es una serpiente?"

"¡Vamos!", dijo Telluris. "¡Tenemos que salir de aquí!"

Lo admito. Dudé. No estaba seguro de si mis dos aliados eran reales o más inventos de mi imaginación. Para cuando tomé una decisión, las Hermanas de los Skrall estaban de nuevo de pie y dirigiéndose hacia nosotros. Corrimos entonces, un compañero miembro de mi tribu y un Agori que no debería haber sido capaz de correr. Corrimos a través de túneles que se extendían por millas, corrimos hasta que vimos la luz de la superficie que brillaba delante. Telluris soltó un grito y nos forzó a seguir adelante. En la superficie, bajo la luz del sol, todo estaría bien. Dejaríamos nuestros temores detrás en la oscuridad y entonces encontraríamos una manera de desaparecer su fuente para siempre. Todo lo que teníamos que hacer era llegar a la luz. Y lo hicimos. Subimos y rasgamos nuestro camino de regreso a la superficie, de vuelta a la brillante mañana de Spherus Magna. Por ahora, estábamos a salvo.

Sólo... sólo que no era de mañana. Era mitad de la noche. Y la luz que habíamos visto, la luz a la que habíamos corrido más allá de toda resistencia no era la luz del sol. Era la cosa. La criatura de la que habíamos intentado escapar con tanto esfuerzo, estaba en la superficie, libre de lo que fuera que la había forzado a esconderse bajo tierra durante tanto tiempo. Y de alguna forma yo sabía que tenía hambre.

Capítulo 6 Editar

Hace mucho tiempo, tropecé con un nido de sanguijuelas del desierto. Si nunca has visto una, son pequeñas cosas asquerosas. Anidan en el techo de las cuevas, y ahí es donde sus crías salen del capullo. Los bebés se aferran al techo, esperando a que alguien pase por debajo. Luego, caen sobre ti, se adhieren a cualquier carne expuesta y se alimentan de tu energía vital. Cuando te encuentras bajo un nido, lo primero que sientes es ira. "¿Cómo pude ser tan estúpido para entrar en una cueva y no mirar hacia arriba?" Y entonces el horror te golpea, arrastrando tus tripas al suelo, convirtiendo tus brazos y piernas en agua, haciendo que tu espíritu se apriete como un puño.

Es la peor sensación que te puedas imaginar. Y es como me sentía ahora mientras observaba la cosa que había exterminado a mi gente manifestarse en la superficie de Spherus Magna. Estaba celebrando su triunfo en mi cabeza. Podía oírla gritar su nombre, "Annona", mientras gritaba ser libre después de tantos años bajo tierra. Y que sólo permaneció escondida por temor a los Grandes Seres, y la última vez que revisé, no había Grandes Seres alrededor.

No eran buenas noticias. Miré a mis dos compañeros. Telluris nunca fue un cuadro de cordura para empezar. Y esta experiencia estuvo cerca de hacerlo catatónico. Metus era un tramposo traidor codicioso que había sido convertido en una serpiente por este tipo llamado Mata Nui con una espada mágica o algo así. Ahora, estaba de vuelta caminando sobre dos patas, no estoy seguro de cómo.

"¿Por qué estamos parados aquí?", decía. "Tenemos que huir."

Sacudí la cabeza.

"¿Correr a dónde? ¿De verdad crees que hay algo a lo que esta cosa no pueda seguir? Lo único que haríamos sería desgastarnos y facilitarle las cosas."

"Voy a traer mi Skopio", balbuceó Telluris, refiriéndose a la máquina de guerra que construyó de desechos hace tiempo. "Eso nos salvará."

"Tu Skopio es un montón de basura", le dije con brusquedad. "No es como si fuera mucho más que eso cuando estaba intacto. No, vamos a necesitar más que eso para detener a algo que convierte a las serpientes de nuevo en Agori."

Metus me miró como si estuviera loco.

"Annona no hizo eso. ¿Que acaso estás loco? Mata Nui nunca tuvo la intención que esa cosa de la serpiente fuera permanente, supongo. O tal vez le pasó algo a el. No lo sé. De repente volví a ser yo mismo de nuevo. Aunque se me ha concedido esto, todavía tengo un verdadero gusto por los roedores." Pese a todo esto, el resplandor de Annona se hizo cada vez más grande y brillante. Parecía una estrella, una estrella roja, aunque no recuerdo haber visto una estrella con tentáculos antes. Estaba registrando, supongo que esa es la mejor palabra para describirlo. Se alimentaba de los sueños. Buscaría una comunidad y les quitaría la energía de sus sueños, volviéndolos locos en el proceso, y no tenía idea de cómo detenerla. Tal vez no podía ser detenida.

La sentí detenerse. Había sentido un festín esperando. ¿Dónde? ¿Sería de regreso en el desierto donde los Agori de Bara Magna estaban reunidos o en algún pueblo de Bota Magna? ¿Podía extender su alcance incluso a otros mundos?

Todo lo que sabía era que alguien estaba en el menú, y tenían que advertirles, o terminarían como la Tribu Hierro. Annona brilló intensamente. Se estaba preparando para irse, dirigiéndose a su próxima comida. Empecé a correr.

"Vamos," grité. "No se va a ir sin nosotros."

"Estás loco," dijo Metus. "No me voy a acercar a eso."

"Telluris, muévete," respondí. "Esta cosa, va detrás de tu Skopio, debes detenerla."

Eso fue suficiente para que Telluris se moviera, pero Metus estaba arraigado en su lugar.

"Quédate," le dije. "Estás solo en el medio de ningún lugar, desarmado, sin idea de cómo llegar a casa, y no hay casa a la que ir. ¿Por qué deberias venir con nosotros? Después de todo, tienes tanto que perder."

Metus maldijo y empezó a correr hacia nosotros. Juntos, saltamos a la esfera radiante de Annona, incluso cuando parpadeaba fuera de la existencia. Lo siguiente que supe era que me estaba ahogando. Por puro instinto, pataleé hacia lo que esperaba fuera la superficie. Mi cabeza atravesó el agua y jadeé por aire. Cuando recuperé el aliento, miré a mi alrededor, aturdido.

Estaba en Aqua Magna. Metus y Telluris estaban cerca, jadeando y tosiendo. Frente a nosotros, a unas cincuenta yardas, había un tramo de playa y más allá, acantilados rocosos. En lo alto de uno de los acantilados se alzaba una fortaleza, reluciente a la luz de la luna, repleta de defensas, y aparentemente impenetrable.

Y ahí estaba Annona, levantándose lentamente hacia esa fortaleza. No sabía de quién era esa fortaleza o quién vivía en ella. Sólo sabía que estaban todos muertos si Annona llegaba a ella. Los tres nadamos a la playa y comenzamos a subir por los acantilados. Annona no se había dado cuenta de nosotros, y si lo había hecho, simplemente no le importo. Pero yo sabía que nunca llegaríamos a la cima antes de que ella lo hiciera. Nuestra batalla había terminado antes de que empezara. Efectivamente, Annona desapareció de la vista mucho antes de que llegáramos a la cima del acantilado, teniendo en cuenta lo particularmente mal escalador que Metus resultó ser.

La vista cuando llegamos a la fortaleza fue algo sacado de una pesadilla. Guerreros extraños, fuertemente armados, poderosos, con lo que parecían sonrisas enyesadas en sus rostros estaban ocupados luchando contra el aire vacío. Annona los había distraído con ilusiones tal como había hecho con nosotros. Ahora se escondería y se alimentaría hasta que esos guerreros y cualquiera aquí estuviera muerto. El resplandor se dirigió hacia las inmensas puertas de la fortaleza. Nada se interponía en su camino.

Nada, es decir, hasta que las puertas se abrieron desde el interior, y algo salió hacia la noche. El recién llegado tenía doce pies de altura, con piel dorada y músculos ondulantes. Sus ojos y su rostro eran vagamente reptiles, y miró a Annona a través de las estrechas hendiduras de esos ojos.

"He venido a alimentarme", dijo Annona. "Ríndete."

El ser dorado sonrió.

"Tú te alimentas de los sueños, y no existiríamos sin ellos. Son alimento para ti, pero los tomamos y los hacemos realidad. Y al hacerlo, conquistamos y esclavizamos. Y parece que estás destinada a pasar hambre esta noche."

Annona se encendió siendo más brillante, con un brillo cegador. Ya no podía mirar - sólo oía su voz y la de su nuevo oponente.

"¿Y quién me negará mi banquete?", preguntó Annona. "¿Tú, una amalgama lamentable de razas menores, bandidos, ladrones, y, sí, un pensamiento muerto? Un experimento de la desesperación. ¿Te opondrás a mí?"

No sé con certeza que pasó después. Oí un sonido como si el cielo se hubiera abierto. El suelo tembló violentamente debajo de mí y entonces oí a Annona gritando y una cosa más.

El ser dorado dijo simplemente: "Sí, criatura. Me opondré a ti."

Capítulo 7 Editar

Visité la orilla de Aqua Magna una vez en mi vida, cuando tenía una vida. Y una tribu, amigos, y amor. Yo estaba allí para explorar una ruta comercial. Al proceder de las montañas, nunca había visto tanta agua antes. A pesar de que la costa era rocosa y desolada, aún lucía como la más sorprendente - y en cierta forma, aterradora - cosa que jamás había visto. Desde ese entonces, vi a mi gente ser exterminada, mi planeta destrozado, y miles de otras cosas que harían que las pesadillas de la mayoría parecieran sueños vagos. Pero nunca había visto algo parecido a lo que estaba viendo ahora.

Annona, toda carmesí, ardiendo ferozmente, estaba en agonía. Lanzas de roca habían salido repentinamente del suelo y perforado al ser de energía, y se retorcía de dolor. Cómo mera roca podía afectar a alguien tan poderoso, no lo sabía. Pero podría haber tenido algo que ver con quién estaba luchando. El ser dorado no tenía un nombre, al menos no uno que yo conociera, pero había aprendido mucho sobre él en los últimos momentos mientras veía a su enemigo desvanecerse. Estaba hecho de otros seres, especies cuyos nombres nunca antes había oído, se refiria a sí mismo como "nosotros" y "nosotros", era un poco espeluznante. Pero su batalla con Annona era fácil de ver.

"Los sueños de mi gente me dan vida", dijo el ser dorado "y, a cambio, hago realidad sus sueños, y sueñan con tu muerte, Annona."

"Ya sé todo esto", respondió Annona. "¿Por qué crees que te busqué, criatura? Los sueños son mi carne y bebida. Con ellos, soy poder. Sin ellos soy nada."

El ser dorado se encogió de hombros y se volteó. Sus seguidores, guerreros que habían estado luchando contra imágenes vacías invocadas por Annona, lo siguieron. Evidentemente, Annona estaba demasiado ocupada muriendo para poder mantener sus ilusiones.

"No me importa lo que seas," dijo el dorado con desdén, "mientras estés muerta."

Por un momento, sentí satisfacción. La criatura que había destruido a mi tribu iba a morir, y aunque no sería por mi mano, aún sentía que se había hecho justicia. Debería haberlo sabido mejor.

Alrededor del ser dorado, sus guerreros comenzaron a derrumbarse. Algunos cayeron de rodillas, algunos balbuceaban locamente, otros sacaron sus armas y comenzaron a avanzar hacia su líder. Tomado con la guardia baja, supongo que el poder del ser dorado se debilitó. Annona se libero de las púas, con una carcajada procedente de su núcleo.

"Siempre he preferido devorar mis comidas lentamente", dijo. "Nunca antes había intentado consumir toda la energía latente de los sueños de en varios todos de una sola vez. Pero veo que el resultado es el mismo: locura. Ahora, amigo mío, creo que el tema del que hablábamos era la muerte inminente."

El ser dorado en realidad parecía asustado. No me gustaba eso en absoluto. Detrás de él, su fortaleza empezaba a moverse y volverse borrosa. Peor aún, había... cosas que aparecían en las ventanas, otras deslizándose o se arrastrándose por el paisaje.

"¡Imbécil!", gritó el ser dorado. "No entiendes, yo traigo los sueños a la vida, incluso los sueños de los locos. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?"

Lo hago. De repente, fue como dar un paseo por la cabeza de mi amigo Telluris. El suelo se estaba doblando, la fortaleza se estaba derritiendo, y en cuanto a los guerreros... No me asqueo fácilmente, pero los sueños de los locos son cosas bastante horribles.

Annona se volvía cada vez más brillante. Dudo que alguna hubiese tenido tanta energía dentro de ella a la vez. Como si no fuese ya lo suficientemente peligrosa antes, parecía lista para incinerar a cualquiera que se acercara demasiado. Quería correr de regreso al océano y nadar a través del planeta, pero sabía que no había lugar en este mundo que fuera seguro. Unos pocos guerreros reaccionaron ante el aproximamiento de Annona levantando sus armas y enfrentándola. Fue la última mala decisión de sus vidas. La fortaleza había desaparecido por completo. El horizonte estaba lleno de cosas hablando rápidamente, algunas prácticamente sin forma, algunas con formas que aún se veían incluso cuando cerraba los ojos. El ser dorado se retiraba hacia ellas, pero estaba desequilibrado y temblando. Todo iba a terminar en cuestión de minutos.

Ahí es cuando Telluris rompió. Salió corriendo de nuestro escondite, gritando y agitando una rama que había recogido de la playa. Se dirigió directo hacia Annona. Si esto fuera un cuento, Metus y yo habríamos arriesgado nuestras vidas para tratar de detenerlo. Pero no es un cuento. Al menos no de ese tipo. Y ninguno de nosotros iba a morir por Telluris. No valía la pena. No estoy seguro de que alguien lo valiera. Le daré crédito, se acerco a poca distancia de Annona, pero eso fue todo lo que consiguió. Murió en medio de los gritos. Era una manera estúpida, imprudente, idiota de irse, y estaba a punto de repetirla, pero no planeaba morir hoy. Por otra parte, hay un viejo dicho: si quieres hacer reír a los Grandes Seres, cuéntales tus planes. Estaba apostando por que el ser dorado tenía el poder de enfrentar a Annona si tenía la oportunidad de usarlo. Eso significaba quitarle a mí enemigo de encima por unos momentos. Creí haber visto una forma de hacerlo. Las únicas cosas que el dorado había creado y que todavía seguían intactas eran esos picos de roca. No sabía por qué habían podido lastimar a Annona - quizás alguien soñó que podían lastimarla - y lo habían hecho. Estaban a punto de lastimarla denuevo.

"Vamos", dije a Metus, "tenemos que romper uno de esos picos."

"¿Estas loco?" contestó predeciblemente. "No voy a salir ahí."

Puse una mano firme en su hombro. "¿Recuerdas cuando eras una serpiente?", le pregunté. "¿Recuerdas cómo se sintió?"

"Claro", dijo Metus.

"Bueno, puedo hacerte sentir mucho peor y no necesito una espada mágica para hacerlo", le dije. "Ahora vamos."

Juntos corrimos hacia ella, esquivando a los guerreros enloquecidos y esperando a que Annona estuviera demasiado embriagada de poder para notarnos. Llegamos a salvo al nido de los picos, pero luego el alegre de Metus señaló un pequeño problema.

"¡Son roca sólida!, dijo él. "¿Qué se supone que debemos usar para romperlos?"

Me vi tentado a sugerir que usáramos su cabeza. En cambio, noté que uno de los picos se había debilitado cuando Annona forcejeo para liberarse. Con la ayuda de Metus, lo rompí. No era una arma muy larga, pero su final puntiagudo estaba intacto y eso era todo lo que me importaba.

"Quédate aquí", le dije a Metus. "Si fallo, intenta romper otra pieza e intenta lo mismo. ¿Qué estoy diciendo? Vas a correr tan pronto te de la espalda. Esta bien, si muero, no le digas a nadie cómo. No quiero que la gente piense que fui bastante loco e idiota en mis momentos finales."

Levanté el pico y corrí. Al acercarme a Annona, me di cuenta de que tenía que cerrar los ojos o quedaría ciego, así que lo hice. Tan pronto como el calor se volvió insoportable, supe que estaba cerca mientras me atrevía a acercarme. Me estiré y lance la púa lo más fuerte que pude.

Oí un chisporroteo. Entonces escuché un grito. Sabes, un grito puede ser un sonido delicioso, si la persona correcta lo emite. Retrocedí hasta que ya no podía sentir el calor. Me arriesgué y abrí un ojo. Annona había dejado de avanzar. El pico de roca estaba clavado cerca de uno de sus tentáculos energéticos unidos a su cuerpo principal. Estaba colocado perfectamente, de manera tal que su tentáculo no podía alcanzarlo para sacarlo. No fue un golpe fatal, lejos de ello, pero la había relantizado.

Fue entonces cuando vi al ser dorado. Miraba directamente hacia mí. De alguna manera, podía oír lo que estaba diciendo, incluso desde tan lejos. Entonces supe lo que tenía que hacer. Esas dos poderosas entidades prosperaban de los sueños. Annona se alimentaba de los que tienes por la noche, buenos o malos. El ser dorado tomaba los que tenías en tu corazón o en las partes más oscuras de tu alma - las aspiraciones, esperanzas, deseos - y los hacía reales. Había cientos de maneras en las que podía atacar a Annona, pero sólo una que realmente le dolería. Cerré los ojos otra vez. Soñé un sueño. Y en mi sueño, nadie en Spherus Magna, nadie en cualquier mundo cercano, podía soñar, desear o esperar. Soñé que no hubieran más sueños.

Abrí los ojos otra vez y lo sentí, el vacío, el vacío que queda cuando el sueño se termina. Así fue como mi tribu se había sentido justo antes de morir. Pero esta vez la energía no había entrado en Annona, no había ido a ninguna parte. Había dejado de ser. El ser dorado había hecho realidad el último sueño.

Lo vi desfallecer. Vi que Annona se encendía. De repente supo que aunque ganara hoy, no habría más comidas. Estaría atrapada en Spherus Magna mientras sus habitantes se volvían locos y morían, pero moriría de hambre mucho antes de que el último Agori pereciera. Esperaba que Annona se enfureciera y gritara. En lugar de eso, sólo se cernió en el aire y hablo directamente con el ser dorado.

"Tú hiciste esto", dijo. "¿Por qué?"

"Tal vez porque los monstruos pertenecen a los sueños, en lugar de los sueños a los monstruos," respondio en ser dorado. "O tal vez, sólo quiero que mueras."

Hubo un largo silencio. Entonces Annona dijo: "Un trato."

"¿Qué tipo de trato?"

"Un sueño... de otro mundo lleno de otros seres donde pueda vivir y alimentarme, tu imperio estará a salvo, y yo estaré saciada."

El ser dorado reflexionó sobre la oferta por un rato, y luego dijo, "Acordado."

Comencé a protestar, y entonces algo me hizo detenerme. Me di cuenta de que podría haber soñado que Annona no existiera, pero no lo hice. Tal vez porque de alguna manera sabía que no funcionaría. Si el ser dorado hubiera podido eliminar a Annona con tanta facilidad, lo habría hecho. Sin embargo, aquí había una segunda oportunidad de hacer el trabajo, y hacerlo con algo de estilo.

"Sahmad soñará el sueño," dijo el ser dorado.

"¡No!", respondió Annona. "¡No estoy de acuerdo!"

"Te he dado mi palabra," dijo el ser dorado. "Sahmad no se atrevería a violar eso."

Tenía razón - no tenía necesidad de violarlo. Iba a darle a Annona justo lo que ella había pedido. Cerré los ojos. Imaginé un exuberante mundo verde, un paraíso. Imaginé a Annona allí libre para alimentar su corazón. E imaginé una población de la que se alimentarí, todos y cada uno de ellos era un ser como Annona. Se alimentarían unos de otros y dentro de un año, no quedaría ninguno.

Abrí los ojos y miré a Annona mientras se desvanecía. "Te tengo," dije.

Cuando ella desapareció, el ser dorado se me acercó. "Podrías haber soñado que yo dejara de existir también, me sorprende que no lo hicieras."

Lo miré de arriba a abajo. Era un extraño, probablemente demasiado inteligente en parte, pero por ahora...

"No eres mi problema," le dije. "Esa cosa lo era y ahora no lo es, así que tomaremos caminos separados."

"Por ahora," dijo el ser dorado. "Después de devolver al mundo el don de soñar."

"Y devolverte tu poder," le dije. "Muy bien, hecho."

"Volverás a escuchar de mí, ya sabes", dijo el dorado. "No me conformaré con permanecer en este escupitajo de tierra para siempre."

"Déjame saber cuándo tú y tu ejército vendrán", respondí. "Tal vez me una a ustedes."

Podría haber hecho que me hiciera un barco, pero decidí caminar. Annona estaba bien muerta, y había mucho pasando en Bara Magna que valía la pena ver en estos días. No es que yo fuese bienvenido en alguna parte de ella. Metus tampoco, a dondequiera que se hubiera escapado. Pero eso estaba bien. Si estaba en lo correcto, iban a tener más problemas de los que saben como lidiar muy pronto y me gustaría ver su miseria.

En cuanto a mí, me dirigía al norte a las montañas. Había gente que perdí hace mucho tiempo a los que finalmente podría decir adiós. Después de eso... bueno, esa será completamente otra historia.

Personajes Editar

Curiosidades Editar

  • En la versión original de la historia en inglés, Sahmad describe a Annona con pronombres masculinos, Greg Farshtey ha declarado en fuentes externas que Annona es femenina, por lo que en esta versión traducida al español se utilizaron pronombres femeninos.


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